¿Ha muerto el mérito en el boxeo?

En la mayoría de los deportes existe una correlación directa entre excelencia y relevancia: te conviertes en una estrella ganando una y otra vez. Sin embargo, el boxeo actual no es un deporte convencional; funciona menos como una meritocracia que como un mercado, donde los mayores beneficios se los lleva quien consigue atraer a las masas.

Jake Paul ha demostrado que la popularidad y el morbo venden tanto o más que la técnica pura.. Fuente: Icon Sportswire / Icon Sportswire via Getty Images

Si quieres ser una estrella, especialmente en Estados Unidos, tener un historial victorioso es necesario, pero no suficiente. A veces, la relación de causalidad se invierte: cuanto más popular eres, más poder tienes para elegir a un rival accesible o negociar determinadas ventajas, como pelear en casa. En ese sentido, la fama también ayuda a ganar, acentuando una brecha cada vez más evidente: los mejores combatientes no siempre protagonizan los combates más multitudinarios.

Como resultado, muchas de las peleas más populares están protagonizadas por nombres consagrados o figuras mediáticas, independientemente de su nivel boxístico actual. El mercado recompensa el morbo por encima del mérito, como demuestran varios fenómenos recientes.
  • El regreso de las leyendas. En 2020, Mike Tyson y Roy Jones Jr. congregaron a una gran audiencia en un combate amistoso de exhibición. Del mismo modo, Floyd Mayweather Jr., retirado desde 2015, ha regresado para disputar enfrentamientos atípicos contra novatos mediáticos como John Gotti III.
  • El impacto de los creadores de contenido. Jake Paul, exactor y estrella de YouTube, se ha convertido en una enorme atracción gracias, en buena medida, a su polarizadora reputación. Cuando compras una de sus peleas, parte de lo que estás pagando es la posibilidad de verlo recibir un golpe.
  • El caos como modelo de negocio. El boxeo de influencers es hoy prácticamente un deporte independiente. Organizaciones como Misfits Boxing prometen técnica mínima y caos máximo. El esperpento ha llegado hasta el punto de que algunas peleas han sido canceladas por ataques en ruedas de prensa con salchichas de cerdo —dirigidos a rivales musulmanes— o por trifulcas entre compañeros durante combates por parejas (tag team).

La paradoja económica

En teoría, los mejores enfrentamientos deberían ser también los que convocasen a más público y generasen las bolsas más suculentas. En la práctica, las cosas son bastante más complejas. Tyson Fury, por ejemplo, negoció en su momento con Oleksandr Usyk para unificar los títulos de los pesos pesados. Sin embargo, al no llegar a un acuerdo, Fury optó por una pelea mucho más lucrativa, aunque intrascendente desde el punto de vista deportivo: un cruce contra Francis Ngannou, excampeón de la UFC.

La propia UFC refleja este cambio de paradigma comercial. Aunque sigue siendo enormemente popular, ya no genera estrellas transversales con la misma regularidad. Si a un aficionado ocasional se le pide que nombre a un peleador, es probable que mencione a figuras inactivas como Ronda Rousey o Conor McGregor. Según Nate Wilcox, editor del portal Bloody Elbow, a la UFC le resulta ventajoso trabajar con atletas que no sean grandes estrellas, ya que tienen un margen de negociación menor. El propio presidente de la empresa, Dana White, reconoció lo difícil que resulta gestionar el éxito: "Estos tipos tienen montañas de dinero. Es difícil volver a meterlos en el aro y conseguir que se motiven para pelear".

Talento vs Popularidad

Los boxeadores han comprendido que el mercado es indulgente: los mismos aficionados que exigen grandes duelos parecen conformarse casi de igual manera con espectáculos de menor calado. Para los ejecutivos del boxeo, la gran incógnita persiste: cuando finalmente se ofrece ese combate de primer nivel que el público llevaba tanto tiempo reclamando, ¿cuántos responden realmente ante la pantalla?

La historia del boxeo nos ha dejado figuras que lograron equilibrar el mérito y el mercado. Resulta inevitable recordar a Manny Pacquiao, quien se convirtió en una sensación mundial no solo al escalar categorías de peso y repartir palizas, sino también —y casi con la misma importancia para su celebridad— al entonar baladas.

Púgiles de excelencia incontestable como Naoya Inoue encarnan la meritocracia pura. No está claro si Inoue sabe cantar o montar grandes espectáculos extradeportivos; lo que resulta indudable es que sabe pelear. Y la verdadera pregunta para el futuro del boxeo es si, para los aficionados actuales, eso seguirá siendo suficiente.

P. Apeltri

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